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miércoles, 3 de febrero de 2010

La sirentia (mi versión)

A falta de algo que contar en esta entrada, voy a ir rescatando los cuentos que versioné en La Frontera ^^

Aquí va el de La Sirenita:


Érase una vez, en el más oscuro y profundo de los océanos, un reino mágico de coral y conchas. Érase una vez un rey, el Rey del Mar, un poderoso tritón de cuerpo fornido y escamoso, barba blanca y espesa, y cola de pez en vez de piernas. El rey vivía en su palacio de roca y coral, junto un harén de esposas y siete hijas hermosas. Su favorita, la más joven de ellas, era la pequeña Ariel.

De pelo cobrizo, ojos de agua marina y exultante belleza, Ariel poseía además una voz maravillosa, hipnotizante, que parecía hechizar a todo aquél que la escuchase. Cada vez que salía a su jardín submarino a cantar junto con el arpa, los peces nadaban en torno a ella, danzando al son de sus canciones; los delfines jugueteaban a su alrededor, maravillados por su voz; las flores submarinas de su jardín parecían abrirse aún más cuando ella cantaba, y los habitantes del reino de las sirenas salían de sus hogares para gozar de la presencia de su princesa.

Sin embargo, las canciones de la sirenita siempre albergaban notas tristes y melancólicas, pues guardaba en su interior una gran desdicha: deseaba con todas sus fuerzas ascender a la superficie, para ver la luz del sol, el cielo azul y el mundo con el que siempre había soñado. El mundo de los humanos.

En una ocasión, fue a pedirle a su padre permiso para que la dejase viajar junto a sus hermanas mayores, pero él se negó en rotundo, alegando que aún era muy pequeña e inexperta. A Ariel no le sentó bien aquel comentario, y enojada se fue a su cuarto.

-No te preocupes –le decían sus hermanas- papá no te deja porque aún eres joven y teme por tu seguridad, pero cuando cumplas los quince, podrás venir con nosotras.

-¡Yo no quiero esperar! –respondió Ariel, agitando la cola, inquieta- quiero subir a la superficie, respirar el aire fresco, ver el cielo azul y los atardeceres en la costa de los que tanto hablan en el reino. Quiero ver a las aves volando sobre el mar, las islas y continentes flotando en la costa, y los barcos humanos con sus voces y sus risas alegres.

Si papá no me deja ir, ¡entonces me escaparé!

Sus hermanas habían intentado disuadirla de aquella disparatada idea, contándole historias sobre sus salidas a la superficie. El viaje era duro y largo, tenía que dejar la seguridad de su palacio y enfrentarse al mar abierto, donde podían ser presa de los tiburones, las corrientes marinas que podían arrastrarla lejos de su rumbo, y las redes de pesca de los barcos humanos, donde podía caer atrapada. Y si salía triunfante de todos estos obstáculos, todavía le quedaría el riesgo de ser vista por los humanos.

-Si te ven, querrán capturarte y llevarte con ellos, te encerrarán en un tanque de agua y te tendrán presa para el resto de tus días.

Sin embargo, a la sirenita no le asustaban para nada las historias de sus hermanas. Tal vez el viaje fuera duro y tuviese sus riesgos, pero ella era intrépida y aventurera, y no le tenía miedo al exterior. En cuanto a los humanos, tendría cuidado de no ser vista, aunque le extrañaba que fuesen tan crueles, cuando había oído de la boca de sus propias hermanas que, por las noches, en los barcos que atravesaban los mares se oían las alegres fiestas que celebraban al caer el sol.

De modo que, llena de valor y osando desobedecer las órdenes de su padre y los consejos de sus hermanas, un día se escapó del palacio, atravesó el reino submarino sin ser vista, y salió a mar abierto.

Se preguntaba qué dirección debía tomar exactamente –aunque estaba claro que debía ir hacia arriba- así que, ante la duda, decidió llamar con su canto a los peces del fondo submarino y preguntarles el camino. Los peces la dijeron que ellos no sabían sobre el mar abierto, que allí fuera podría haber tiburones, por lo que sus vidas peligraban, pero que podía seguir a las sardinas, pues ellas migraban siempre de un lado al otro del océano y conocerían el camino.

Dicho esto, la sirenita se unió a un banco de sardinas que atravesaba las aguas en ese momento, haciendo oídos sordos a los avisos de los peces, que le decían que salir sola, sin otras sirenas y sin haber cumplido la edad necesaria era sin duda muy peligroso.

Nadó junto al banco de sardinas un buen trecho, dejando atrás las oscuras aguas del fondo, y a medida que ascendía, la luz del sol se filtraba con más facilidad a su alrededor, tiñendo las aguas de un azul más claro, más cálido. Le preguntó a una de las sardinas que nadaba en cabeza si sabía dónde se encontraba el reino de los humanos, pero ésta respondió que las sardinas no se acercaban más a la superficie, pues más arriba podían caer presas de las redes de pesca de los humanos. Pero también la dijeron que podía seguir a los delfines, pues ellos eran mamíferos y necesitaban respirar con cierta regularidad el aire de la superficie, y sin duda habrían visto muchas veces a los humanos.

Ilusionada ante la idea, Ariel dejó a las sardinas y se sumó a un grupo de delfines que nadaban hacia la superficie. En poco tiempo, se encontraba en el límite del agua con el exterior, y sintió el pecho llenársele de alegría. “No ha sido un viaje tan largo, y mucho menos peligroso” se dijo a sí misma, recordando las historias que sus hermanas habían inventado para retenerla.

Llena de dicha, vio a los delfines ascender a la superficie de un salto para luego volver dentro del agua, y ella hizo lo mismo. Cogió impulso con ayuda de su cola y saltó con todas sus fuerzas. Pero cuando su cuerpo atravesó la línea del agua y se puso en contacto con el aire de fuera, la sirenita se llevó una sorpresa. Allí fuera no había cielo azul, ni pájaros, ni flores, ni islas. El cielo era gris y tronaba fuertemente, como si dos rocas enormes chocasen constantemente una contra otra; el viento frío y cortante le cortaba la cara, y a su alrededor solo veía agua, agua y más agua, igual que en el interior del océano, solo que vista desde arriba. Empezando a sentirse angustiada y decepcionada, Ariel preguntó a los delfines dónde estaba el reino de los humanos, y si quedaba muy lejos del lugar en el que se hallaban. Ellos respondieron que la costa más cercana estaba un poco más al este, pero que por allí solían pasar los barcos de pescadores y cargueros cuando volvían de su jornada al atardecer.

Al oír esto, una nueva chispa de esperanza brotó en el interior de Ariel. Tal vez no hubiese cielo azul, ni puesta de sol, ni flores, ni pájaros, pero vería humanos, aquellos seres tan extraños de los que había oído hablar en boca y branquias de todos en el reino submarino. Con las esperanzas renovadas, la joven sirenita dio unos cuantos coletazos, oteando el mar en busca de algún signo de vida, y efectivamente, en unos minutos empezó a verse una enorme silueta oscura en el horizonte. Era un armazón de madera y hierro descomunal, con altos y afilados mástiles, semejantes a las espinas de un pez león, de las cuales brotaban inmensas velas blancas, henchidas por el viento, que se alzaban en el aire con porte majestuoso e imponente. La proa de la nave cortaba las aguas cual cuchillo afilado, dejando tras de sí una hilera de espuma, como un rastro de sangre que deja el asesino tras matar a la víctima.

Ariel estaba emocionada. ¡Un barco! ¡Humanos!. Excitada con la idea de poder verlos de cerca, nadó hacia él, sin darse cuenta de que el cielo empezaba a oscurecer más y a tronar con más fuerza. Los delfines sí lo notaron, y sabedores de lo que se avecinaba, se sumergieron y nadaron en dirección opuesta.

Momentos después, la joven sirena estaba a escasos metros del barco, contemplando admirada su magnificencia, su elegancia deslizándose en la superficie marina. Se acercó todavía más, ansiosa de poder ver a los marineros, y llegó hasta el casco del barco. Agudizó el oído, pero desde ahí abajo no podía escuchar nada, de modo que se arriesgó a asomarse a la superficie. El cielo empezaba a tornarse negro, y allí arriba no se escuchaban risas ni música, sino voces graves e insistentes que gritaban órdenes, y pasos acelerados de un lado a otro de la cubierta. Desde su nueva posición, Ariel vio que en la proa, apoyado en uno de los mástiles del barco, había un atractivo joven que oteaba el horizonte, en busca del puerto. La sirenita se quedó hipnotizada ante el chico: era algo mayor que ella, de cabello negro e intensos ojos azules. Estaba hablando con el que debía de ser el capitán, a la vez que miraba a lo lejos y señalaba algún punto al este. La sirenita se quedó embobada mirándole, sintiendo su corazón oprimirse y un cosquilleo en el estómago. No se dio cuenta de que el temporal, que había amenazado durante todo ese tiempo, empezaba a desatarse.

De repente, un fuerte viento sacudió el barco, alertando a los marineros y sacando a la sirenita de su ensimismamiento. Acto seguido, un relámpago iluminó el cielo, seguido de un trueno que parecía desgarrar las nubes, las olas eran cada vez más grandes, y la lluvia había comenzado a caer. Antes de que pudiesen darse cuenta, la tormenta se había desatado.

Los marineros corrían de un lado a otro, arriando velas, recogiendo cuerdas y preparando remos. Ariel percibió el peligro de la tormenta y quiso marcharse, pero se dio cuenta demasiado tarde de que los delfines la habían dejado sola, y no sabía cómo regresar a casa.

La marea comenzó a enfurecerse, y las olas se estrellaban contra el barco, haciéndole balancear e inundando la cubierta. En el cielo comenzaron a verse rayos, que atravesaban la atmósfera amenazantes, y uno de ellos fue a caer en el mástil más grande del barco, partiéndolo en dos y prendiéndole fuego. Ariel escuchó los gritos de los humanos, entre los cuales ya empezaba a cundir el pánico. Buscó al apuesto joven, y vio que estaba junto a otros hombres, desatando los botes salvavidas. El fuego se expandía veloz, y no había suficientes botes para todos los tripulantes, de modo que algunos se arrojaron por la borda, desesperados por escapar de las llamas, que llegaron al camarote de la pólvora para los cañones, produciendo una gran explosión. El joven de los ojos azules logró saltar del barco segundos antes de la explosión, pero quedó inconsciente y flotando a la deriva, sujeto a un tablón de madera. Debido al humo y la confusión, sus camaradas no le vieron, pero Ariel fue a su rescate antes de que se ahogara.

Con el chico entre sus brazos y esquivando los restos incendiados del barco, nadó hacia el este, donde decían los delfines que se hallaba el hogar de los humanos, el mismo sitio al que señalaba el chico antes de la tormenta. Lo arrastró durante toda la noche, nadando a contra corriente en la feroz tormenta, y al amanecer, llegó por fin a la playa.

Dejó el cuerpo inmóvil del joven en la arena, y procedió a examinarlo. Respiraba bien, a pesar de que había tragado mucha agua de mar, y no parecía presentar heridas externas. Agotada, Ariel también se tumbó en la arena, y acariciando el semblante dormido de su rescatado, comenzó a cantar para él.

En ese momento se dio cuenta de que se había enamorado perdidamente.

Deseó que en aquellos instantes se detuviese el tiempo, para poder pasar un rato más a su lado, antes de que despertara. Él abrió los ojos, y sus miradas se encontraron en unos segundos que a la sirenita le parecieron los más hermosos que había vivido jamás.

Pero para su desgracia, oyó voces al otro lado de la playa, y tuvo que esconderse bajo el agua para evitar ser vista. Su amado, desconcertado, parpadeó varias veces, sin saber si la bella chica que había visto era real o fruto de su imaginación. Entonces, ante él, apareció otra chica, que le había visto desde el otro lado de la playa y había ido a socorrerle. Ariel contempló la escena desde el agua, triste por no ser ella quien estuviera ahí. Con el corazón llorando lágrimas de sangre, dio media vuelta y se sumergió en las profundidades del océano, de vuelta a su hogar. De todas formas, se dijo a sí misma, era un amor imposible. Él era un humano, y ella una sirena.

Cuando llegó al castillo submarino, su padre la castigó con una reprimenda, exigiendo una explicación de su comportamiento. Entre sollozos, la joven sirena relató lo ocurrido a su padre, y llena de dolor, se encerró en su cuarto de coral, sufriendo en soledad la herida de su corazón. No admitía que nadie entrase, rechazaba todo tipo de visitas e incluso empezaba a rehusar de la comida. Su amor desgraciado la consumía, necesitaba volver a ver a su chico, tenerle otra vez entre sus brazos, decirle que era ella quien le había salvado, y que estaba enamorada de él. Sin embargo, nada de esto ocurriría, pues ella no podía subir a la superficie siendo una sirena.

Si tan solo tuviese un par de piernas en vez de cola…Entonces, su subconsciente le dio la solución a su problema: La Bruja del Mar. Conocida por los siete mares, había sido desterrada del reino de las sirenas hace mucho tiempo por hacer uso de magia negra, y vivía en una cueva submarina en los Abismos. Ariel sabía que nadie debía contactar con ella, que era astuta y traicionera, pero no le quedaba otra alternativa, pues ella era la única que podía hacer realidad sus deseos.

De nuevo se escapó de su hogar sin ser vista por nadie, y viajó hasta los Abismos, al hogar de la Bruja del Mar. Allí, le expuso su problema y le pidió que utilizara su magia para darle piernas y poder ir junto a su amado.

-Con que quieres deshacerte de tu cola de pez –dijo la bruja- tengo lo que necesitas, pero todo tiene un precio, querida. Elaboraré una poción mágica que te convertirá en humana, pero te advierto que tiene horribles consecuencias, pues cada vez que camines sentirás como si se te clavasen un centenar de cuchillos en ellas.

-No me importa –dijo Ariel- ¡Acepto!

-Como quieras. El trato es el siguiente: si consigues que el joven humano te despose, seguirás siendo humana para siempre. Pero si no lo haces, tu cuerpo se desvanecerá y se convertirá en espuma de mar.

La sirenita se sintió acongojada ante la idea, pero su amor por el joven humano le dio fuerzas y aceptó las condiciones que le ponía la bruja.

-Y eso no es todo. Como pago, tendrás que entregarme tu voz, y quedarás muda hasta que el chico se case contigo.

-Acepto.

Aquella misma noche, a la luz de la luna llena, Ariel viajó hasta la playa donde vio por última vez al chico de sus sueños. Se arrastró hasta la arena, y allí bebió la poción que la bruja le había dado. La transformación fue lenta y dolorosa, y al amanecer, ya con las dos piernas y siendo completamente humana, Ariel cayó desvanecida. Fue en ese momento cuando el apuesto joven, que daba un paseo matinal por la playa, encontró a la pobre chica semi inconsciente en la playa. La reconoció como su salvadora, como aquella imagen de durante aquel tiempo pensó que solo era fruto de su imaginación, y la sostuvo entre sus brazos para evitar que se desmayase.

-Tranquila, tranquila, ya pasó todo. ¿Te encuentras bien? ¿Qué te ha ocurrido?

Ariel intentó contestar, pero su voz había sido entregada a la Bruja del Mar, así que solo pudo mover la boca sin emitir sonido alguno. Cuando quiso ponerse en pie, sintió el dolor de mil cuchillos atravesando sus piernas, tal y como había predicho la bruja.

-No sé lo que te ha pasado –dijo el chico- pero sí sé quién eres y lo que hiciste por mí, y te doy mil gracias por ello. Te llevaré a mi hogar y te curaré, no temas.

Pronto Ariel descubrió que su amado –llamado Eric- vivía en un palacio, como ella, y era el príncipe de su país. En el castillo la trataron con mimo, la vistieron bien, la lavaron y atendieron todas sus necesidades. Así empezó una nueva vida la sirenita. El príncipe Eric la tenía mucho afecto, y pasaba con ella gran parte del día, paseando por el reino y enseñándole todas las cosas que ella había soñado con ver. Creía estar viviendo en un sueño, pues al fin estaba junto al hombre de su vida, viviendo en un lujoso palacio y bien atendida. A pesar de no poder decirle lo mucho que le quería, y a pesar de que cada vez que pusiese los pies en el suelo sentía aquel dolor lacerante en sus piernas, ella sonreía.

Mas un día, el príncipe la llamó para darle una importante noticia, que cambiaría para siempre la perspectiva de su vida aparentemente feliz. Eric iba a casarse, pero no con ella, sino con otra mujer. Cuando se la presentó, Ariel comprobó con horror que era la mujer que le había visto en la playa el día que ella le había salvado la vida. No podía creerlo, pero así era. La sirenita sintió entonces un terrible dolor en su corazón, más intenso aún que el de sus piernas al caminar, pues recordaba el trato que había hecho con la Bruja del Mar. Eric se iba a casar con otra mujer, y Ariel se convertiría para siempre en espuma de mar.

Quiso disuadir a Eric, demostrarle todo lo que sentía, cuánto le amaba, pero él estaba claramente enamorado de la otra chica, y por mucho que lo intentase, nada podría hacer para impedirlo. En ese momento, su corazón se volvió frío como un témpano de hielo, y en sus ojos se dibujaron la ira y los celos mientras contemplaba al hombre que tanto la había hecho sufrir, y a la mujer que se lo había arrebatado.

La boda se celebró a los dos días, en un crucero por el mar. Ariel fue invitada, y la noche de bodas subió a la cubierta, dispuesta a aceptar su destino y convertirse en espuma de mar. Mas cuando iba a arrojarse a las aguas, vio a sus hermanas a lo lejos, nadando en dirección al barco en el que viajaba ella.

-¡Ariel, Ariel! Somos nosotras, tus hermanas. Te buscamos por todas partes, y al no encontrarte fuimos a ver a la Bruja del Mar, a pesar de que esté prohibido. Ella nos dijo que tú la habías pedido ayuda, y nos explicó el trato que hiciste con ella.

Otra de sus hermanas alzó un puñal dorado en la mano y dijo:

-Mira, este es un puñal mágico que nos dio a cambio de nuestros cabellos. Mata con él al príncipe, bebe su sangre y espárcela por tus piernas. De ese modo, volverás a ser una sirena, recobrarás tu voz y tu cola, y podrás volver a tu hogar y olvidar tus penas.

Sus hermanas arrojaron el cuchillo a cubierta y suplicaron que hiciese caso.

-Por favor, Ariel ¡Vuelve con nosotras! ¡Vuelve a casa!

Y de nuevo se sumergieron en las oscuras aguas.

Ariel se agachó y recogió el cuchillo del suelo. Su corazón, malherido y cubierto de hielo, prendió entonces en llamas de odio, y la sed de la venganza llamó a su garganta. Con sigilo, entró en los aposentos de los recién casados, donde el príncipe Eric y su esposa dormían plácidamente. Por un momento, Ariel miró el rostro de Eric, acariciando su piel con la mano, tiernamente. Después se volvió a su esposa, la mujer que lo había estropeado todo, la que le había robado a su amado. Pensó en matarla a ella y dejarle vivir a él, pero si no acababa con la vida de Eric, ella se desvanecería entre las olas del mar, de modo que se dejó llevar por su venganza y su egoísmo, y mató a los dos.

Primero a ella, tapándole la boca para que no gritara y despertara a Eric. Le degolló el pescuezo y dejó que la sangre resbalase por la cama y manchase el suelo. Luego se dirigió al otro lado de la cama, donde descansaba Eric junto al cadáver de su amada, y le clavó el puñal dorado en el corazón. Hecho esto, bebió de su sangre, como le habían dicho sus hermanas, y la esparció sobre sus piernas. Sintió como el dolor remitía, y al suspirar de alivio, comprobó que había recuperado la voz.

Cuando se sumergió en las negras aguas del mar, sus piernas habían vuelto a transformarse en su antigua cola de sirena, y nadó junto a sus hermanas, de vuelta a su verdadero hogar. Mas ni alegría ni gloria la recibieron cuando llegó al palacio de conchas y coral, pues su padre, el Rey del Mar, que estaba al corriente de todo lo que había hecho, estalló en ira cuando Ariel regresó.

El rey había capturado personalmente a la Bruja del Mar, y como castigo por engatusar a sus hijas y por realizar sus oscuros hechizos, la amputó los brazos y la lengua para que no pudiese volver a hacer magia el resto de su vida, la cual sería muy, muy desgraciada. A las hermanas de Ariel, sus hijas, por haberse escapado del reino y visitar a la bruja, las convirtió en coral, de manera que quedasen ancladas a una roca y no pudieran volver a escapar. En cuanto a Ariel, al bañarse y beber de la sangre de un humano inocente, se había convertido en bruja, pues había realizado sin saberlo el ritual de iniciación, con un puñal mágico llamado en las antiguas culturas como “Atame”. Pensó en convertirla en espuma de mar, como era su destino al no conseguir el amor del príncipe, pero en lugar de ello decidió desterrarla de su reino, arrebatándole su belleza y su voz, para que no pudiese engatusar con su magia y sus caprichos egoístas a nadie más.

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