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sábado, 5 de junio de 2010

La calidez del escenario (aunque a veces excesiva)

De nuevo, las luces del teatro iluminan el negro escenario, vacío, desnudo, con el telón rojo descorrido. Tras las cortinas que forman las "patas", hay sillas y banquetas por doquier, focos apiñados unos junto a otros, y un piano cubierto con una lona de suave terciopelo negro. Las butacas del patio están plegadas y frías, esperando la llegada de los espectadores. Como nosotros.

Hay tensión, nervios, risitas descontroladas, pequeños errores a la hora de repasar el texto o hacer un pase técnico con las luces. Alguna mirada de desaprobación o de disgusto. Aunque somos actores y actrices, la expresión de nuestras caras habla por sí misma, manifestando nuestro descontento hacia quien ha cometido ese pequeño error. Todo es culpa de los nervios.
Sin embargo, poco a poco, la magia del escenario nos va envolviendo. Hay algo en la atmósfera del teatro, no sé muy bien cómo explicarlo. Quizás sean restos de aplausos y risas del público, de lágrimas y gritos, de miradas de espectación que apenas parpadean. Es como una vibración poco perceptible pero constante, que poco a poco se va colando en tu cuerpo, y te hace también vibrar a su ritmo. Lentamente, los nervios se van acallando, la tensión se afloja, y las risas pasan a ser carcajadas, porque nos lo estamos pasando bien. Llega un momento en el que, mientras el director está pasando la música y comprobando los diseños de iluminación, todos nos ponemos a bailar en el escenario como si fuésemos aves de corral al son de una música de circo. Luego hacemos una conga que recorre varias veces el escenario, de repente inundado por una luz azul, luego roja, luego blanca, va cambiando aleatoriamente.
Por último, hacemos un pase del inicio, un técnico de entradas y salidas, e improvisamos un saludo final. Todos salimos de las cajas bailando como payasos, dando brincos, moviendo los brazos, piernas, la cabeza, cadera, cintura. Damos vueltas en círculo cogidos de la mano, saludamos por parejas, formamos una fila y corremos al primer término.

Y entonces, llegan los aplausos. Una ola de satisfacción, no solo por nuestra parte, sino porque el público ha quedado satisfecho. Les ha gustado, hemos oído sus risas y comentarios durante la representación, hemos sentido cómo vibraban con nosotros, cómo se ha establecido una comunicación entre ellos y nosotros. No importa que uno se equivoque en una frase o se salte la del compañero (tuvimos la suerte de poder salvarlo y disimularlo), lo importante es conectar con los espectadores, estar cerca de ellos, transportarles también allí arriba. Esa es la magia de un buen actor/actriz. Creo que hoy lo hemos conseguido, mejor que nunca.
Y aunque tanto actores como espectadores nos hemos asado de calor a falta de aire acondicionado, todos hemos sentido ese cosquilleo en el estómago que despierta el teatro.

Y os diré una cosa: eso, junto con los aplausos, crea una deliciosa y sana adicción.

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