domingo, 7 de febrero de 2010
Criaturas humanas I
jueves, 4 de febrero de 2010
"Maternidades" Bru Rovira



La Cenicienta
Érase una vez, en un reino muy lejano, un hombre de sangre noble, colmado de riquezas. Érase una vez una mujer hermosa, la esposa de aquel hombre rico, que vivía junto a él en una lujosa hacienda. El matrimonio gozaba de una buena vida, pero un triste día, la mujer enfermó gravemente, poco después de concebir a su única hija. En su lecho de muerte, la bella mujer le dijo a su hija: "Mi pequeña, debo irme, pero cuidaré de ti desde el cielo. Te ayudaré cuando me necesites. Solo mantente piadosa y buena". El marido, que estaba junto a ella con la niña en brazos, escuchó sus palabras, y lloró amargamente cuando su mujer, tras decir esto, cerró los ojos para siempre.En los años siguientes, el hombre rico llevó todas las semanas a su hija a visitar la tumba de su madre, trayéndole flores frescas en un jarro de agua, y rezando oraciones por ella.
Así transcurrieron los años, hasta que su padre decidió volver a casarse. A la niña le entusiasmaba la idea de poder tener al fin una madre, y se ilusionó más todavía cuando su padre dijo que le traía además dos hermanas.
-¡Es maravilloso, padre! Una madre y dos hermanas en un mismo día, ¡Qué bonito regalo!
Mas cuando arribó su nueva familia a la hacienda, toda su ilusión y su alegría caerían por los suelos. La mujer que se había casado con su padre era una varonesa viuda, de porte elegante, linda de rostro, pero de corazón sombrío. Miraba por encima del hombro a todo el mundo, y apenas sonreía, si no era para dirigirse a su nuevo esposo. Sus hijas, hermanas gemelas, eran iguales a la madre, destilando petulancia por donde quiera que pasasen. Así y todo, la pequeña niña había aprendido de su padre que no había que dejarse llevar por las primeras impresiones, y saludó a su nueva familia con alegría, dándoles la bienvenida a su hogar.
Mas el futuro aún le aguardaba más de una sorpresa a la pobre niña. Poco después del nuevo matrimonio, el hombre rico murió, a pesar de que parecía gozar de buena salud. Fue entonces cuando su mujer, la madrastra de la niña, quedó al mando de la hacienda. Y lo primero que hizo fue desbancar a la huerfanita de todas sus comodidades.
-Ahora estás bajo mi responsabilidad, de modo que si quieres seguir viviendo aquí, tendrás que ganarte el pan para comer y el lecho donde dormir. Ayudarás a los sirvientes a mantener la hacienda.
Las hermanastras, al ver que la niña dormía en el mejor cuarto de toda la hacienda, protestaron a su madre.
-¿Qué hace esta huérfana durmiendo en la mejor cama, en la habitación más amplia? Que se vaya a las cocinas, o que busque lecho en las cochiqueras.
Así, a la pobre niña le encomendaron las tareas más bajas de la casa: iba por las mañanas a recoger agua al pozo y a dar de comer a los animales, luego limpiaba las habitaciones de su madrastra y sus hermanastras, hacía las camas, fregaba el suelo y los cacharros, y limpiaba las chimeneas. Como siempre estaba llena de ceniza y suciedad, empezaron a llamarla Cenicienta.
El tiempo pasó, y la pequeña Cenicienta creció entre sirvientes y cocineras, mirando desde abajo el mundo en el que debería haber crecido. A pesar de todo, nunca se quejaba, cumplía obediente las órdenes de su madrastra, y aguantaba con semblante frío las burlas y humillaciones de sus hermanastras. Siempre recordaba a su padre, su sonrisa, su voz, sus abrazos... también añoraba a su madre, y deseaba con todas sus fuerzas que estuviese allí, aunque fuese tan solo para escuchar el sonido de su voz. Todos los días que podía iba a visitar la tumba de su madre, como le había enseñado su padre, y una vez allí, sola, fuera de las miradas y los oídos de su tortuosa familia, dejaba que sus lágrimas se derramasen silenciosamente sobre su tumba. Eran los únicos momentos en los que la Cenicienta lloraba.
Un día en el que la madrastra la mandó a buscar trufas al bosque, se escabulló al cementerio y fue a verla. Entre frías lápidas y panteones custodiados por ángeles de alas caídas y semblante entristecido, se encontraba la tumba de su madre: un entierro sencillo, en un lugar apartado del cementerio, con una lápida sencilla y una sencilla inscripción de su nombre y las fechas de nacimiento y defunción, acompañadas del típico "siempre recordada". Las flores estaban secas, pues hacía tiempo que Cenicienta no iba a visitar a su madre. Las apartó, y a falta de un ramo que poner en el jarrón, plantó junto a la tumba una ramita de un cerezo que había en el cementerio. Le echó el agua que quedaba en el jarrón de las flores, pero dudó que fuese suficiente para que la planta creciese, de modo que la regó con sus lágrimas, llorando por la ausencia de sus seres queridos. Lloró día tras día, cada vez que iba al cementerio, y sus penas bañadas en lágrimas alimentaron la ramita de cerezo, hasta que un joven árbol de tronco grisáceo y flores de un color rosa pálido creció junto a la tumba de su madre. Aquel árbol había crecido alimentado de pena y desdicha, y cada vez que soplaba el viento entre sus ramas, se podían oír los lamentos de la niña entre sus hojas. En los días de calor, se sentaba bajo su sombra y hablaba con su madre.
En cierta ocasión, se quedó dormida apoyada en el tronco del árbol, y al volver fue reñida y castigada sin sus jornales de una semana. Sus hermanastras, para mayor humillación, le escondieron los zapatos y la obligaron a caminar descalza por la casa, el huerto y la granja, quedando sus pies negruzcos y con rasguños. Por la noche, mientras todos dormían, se fue al cementerio bajo la luna llena, en busca de soledad para llorar. Recordó entonces las palabras de su madre antes de morir: “Te ayudaré cuando me necesites. Solo mantente piadosa y buena”. Llamó a su madre, aunque sabía que estaba muerta y no podía ayudarla, pero le consolaba hablar con ella a pesar de que no pudiese responderla. Estaba bajo su árbol, regándolo de nuevo en lágrimas, cuando oyó sobre su cabeza el graznido de un cuervo que se había posado en una de las ramas. El cementerio solía estar habitado por una bandada de varios cuervos, así que Cenicienta no le dio importancia. Mas cuando alzó la vista, le sorprendió ver que el cuervo, que la miraba con un brillo de inteligencia en sus ojos de ébano, llevaba en su pico un objeto que dejó caer a su lado. Era uno de sus zapatos.
Cenicienta lo recogió y lo examinó. No había duda, era su zapato derecho, viejo y ajado. Volvió a mirar hacia arriba, y vio que otros dos cuervos se columpiaban en las ramas del cerezo. Uno de ellos le tiró el zapato izquierdo, el otro, dejó caer de su pico y sus garras unas cuantas monedas de oro, los jornales de la semana de los que la madrastra le había privado. La joven miró entonces la tumba de su madre, luego otra vez el cerezo y los cuervos, y entonces entendió. Lloró de nuevo, pero esta vez sus lágrimas fueron de felicidad, pues su madre la había escuchado desde el cielo.
Pasaron los días, y llegó a la hacienda una carta real en la que sus majestades informaban que se iba a celebrar en unas semanas un baile de máscaras en palacio, al cual debían asistir todas las jóvenes nobles y casaderas del reino. El baile se celebraba en honor al príncipe, quien cumplía ya los veinte años y debía contraer matrimonio. La fiesta duraría tres noches, decía la carta, tras las cuales el príncipe elegiría a su esposa.
En la hacienda se formó un gran revuelo. La madrastra llamó a sus hijas y les dijo que debían ir ese mismo día a la ciudad a comprarse vestidos, zapatos, joyas y broches, tenían que aparecer hermosas e irresistibles ante el príncipe. Cenicienta, que estaba limpiando el hollín de la chimenea, oyó la conversación y pidió si podía ir también al baile.
-Pero, ¿tú qué te has creído? –dijo una de las hermanastras- ¿Desde cuando van a un baile los plebeyos?
Cenicienta alegó que ella era la hija del dueño original de la casa, el cual tenía sangre noble, de modo que también estaba invitada, según la carta. Las gemelas se quejaron y patalearon, cacareando como dos gansas, diciéndole a su madre que no la dejase ir. La madrastra las dijo que se calmasen, y luego dirigió su mirada fría y calculadora hacia su hijastra.
-Ella lleva razón, queridas hijas, algo de sangre noble lleva en sus venas. Sin embargo, Cenicienta, no puedes venir con nosotras, ya que no tienes vestido y no sabes bailar.
Cenicienta suplicó que la dejasen, que con algo de tela ella podría hacerse un vestido.
La madrastra meditó un rato y luego dijo:
-Haré lo siguiente: verteré una vasija de lentejas en la chimenea, entre las cenizas. Si para cuando vuelva las has recogido todas, entonces te dejaré ir al baile.
La madrastra se fue, pensando que Cenicienta no sería capaz de realizar la tarea para su regreso. La chica comenzó la labor con ahínco, imaginándose en el baile real con un bonito vestido, pero la tarea era difícil, había muchas cenizas y las lentejas eran muy pequeñas y difíciles de encontrar. Entonces, la muchacha se asomó por una ventana y gritó:
-Cuervos y grajos, todos ustedes pajaritos que vuelan sobre el cementerio, ¡vengan y ayúdenme!
Dos cuervos entraron por la ventana y se posaron sobre la chimenea. La Cenicienta les dio instrucciones: Las lentejas a la vasija y las cenizas en el fogón.
Los cuervos empezaron a escarbar con sus garras y a picotear la chimenea, y pronto separaron las lentejas de las cenizas, y Cenicienta las puso en la vasija. Cuando la madrastra y sus dos hijas regresaron, los dos cuervos se fueron de nuevo por la ventana y Cenicienta le tendió la vasija a su madrastra, quien se quedó patidifusa.
La chica le dijo que había cumplido con su parte del trato, de modo que ya podría ir al baile, pero la madrastra replicó:
-No tienes vestido, Cenicienta, de modo que no puedes asistir al baile.
-Déjeme dinero para ir al mercado y yo misma comparé tela y me haré uno –respondió ella.
La madrastra volvió a ponerla a prueba: voy a esconder un pendiente en el jardín de la hacienda, si en una hora consigues traérmelo, te dejaré ir a comprar la tela, le dijo.
El jardín de la hacienda era grande, y tenía varios árboles y arbustos, así que la madrastra pensó que Cenicienta jamás sería capaz de encontrar el pendiente. Sin embargo, cuando fue a buscarlo, la chica volvió a llamar a sus cuervos para que la ayudasen.
-Cuervos y grajos, todos ustedes pajaritos que vuelan sobre el cementerio, ¡vengan y ayúdenme!
Tres cuervos acudieron esta vez a su llamada, posándose en la rama de un árbol del jardín. Cenicienta volvió a darles instrucciones, y rápidamente se posaron en el suelo y empezaron a escrutar todos los rincones, pelando el césped en busca del pendiente. A la media hora, uno de ellos llevaba el pendiente en el pico, se lo tendió en la mano y los tres emprendieron de nuevo el vuelo, sin que nadie les viese. Cenicienta llevó el pendiente a su madrastra y, con gran ilusión, le dijo que al día siguiente iría la mercado a comprar la tela. La madrastra, tan sorprendida como indignada, respondió que ella no le daría dinero para comprarla, pero a Cenicienta no le importó, pues tenía ahorrado el dinero que los cuervos le habían dado la otra noche, de los jornales que su madrastra le había quitado.
En los días siguientes, tras duro trabajo y muchos pinchazos de agujas, se hizo un
vestido de tela blanca y plateada, largo hasta los pies, suave y muy bonito. Como no tenía zapatos, cogió un par de una de sus hermanastras, y del joyero de la madrastra sacó un hermoso colgante y unos anillos que habían pertenecido a la madre de Cenicienta, pero que su madrastra había guardado para sí tras la muerte de su esposo.
La víspera antes del baile, Cenicienta se probó todo su ajuar, y se miró al espejo, maravillada. Las gemelas, que la espiaban tras una puerta, avisaron a su madre al ver las joyas. La madrastra acusó a la pobre Cenicienta de ladrona.
-¿Cómo te atreves a coger mis joyas sin ningún permiso? ¡Ladrona campesina!
-Y mis zapatos, ¡se ha llevado también mis zapatos! –dijo una de sus hijas, quien, llena de ira, cogió un bote de tinta y lo vertió en el vestido de Cenicienta, dejando un manchurrón negro que lo estropeó entero.
Cenicienta corrió a las cocinas llorando, después de que su monstruosa familia la arrancase los zapatos y las joyas. Ya no podría ir al baile, el vestido estaba hecho un asco y no tenía tiempo ni dinero para confeccionar otro. Tenía tantas ganas de ir al baile... haría cualquier cosa por poder ir. Tanto fue así que se le ocurrió teñir el vestido entero de negro, de manera que la mancha de tinta no se le notase. Así lo hizo, y al día siguiente, cuando su familia ya iba hacia el baile, les dijo que lo había arreglado y que no se fuesen sin ella.
La madrastra la fulminó con la mirada.
-De ninguna manera, tú no sabes bailar y no eres más que una sirvienta, ¡nos llenarías de vergüenza!
Y para asegurarse de que no iría al baile, la encerró en el ático de la casa y guardó la llave en su habitación.
Cenicienta lloró y golpeó la puerta, suplicando que la dejasen salir. Al ver que se habían marchado sin ella, se asomó por el ventanuco y gritó:
-Cuervos y grajos, todos ustedes pajaritos que vuelan sobre el cementerio, ¡vengan y ayúdenme!.
Al poco tiempo, la bandada de cuervos se coló en la casa por las ventanas abiertas, y Cenicienta les dio instrucciones para que encontrasen la llave del ático y se la colasen por la rendija de la puerta. Los cuervos entraron en todos los aposentos, y finalmente encontraron la llave y la muchacha pudo salir. Se puso su vestido negro, y con las plumas de los cuervos se hizo una máscara para que no la reconociesen. A falta de zapatos, rezó a su madre y pidió unos. Al poco rato, uno de los cuervos entró en la casa volando y dejó ante ella un par de zapatos negros y de brillantes. Ya estaba lista para partir al baile.
Una vez allí, sus hermanastras y su madrastra no la reconocieron, pues creían que era una princesa extranjera, con aquel vestido negro tan elegante y esa máscara de plumas tan exótica. Nunca se imaginarían que se trataba de su sirvienta, ya que pensaban que seguiría en el ático, llorando.
El príncipe la vio entre la multitud, quedando asombrado por su belleza. Bailaron juntos toda la noche, y si alguien le pedía a la Cenicienta bailar con ella, respondía: “Él es mi pareja de baile”.
A altas horas de la madrugada, cuando ya faltaba poco para el amanecer, Cenicienta vió que su familia ya volvía a la hacienda, y rápidamente se tuvo que despedir del príncipe, porque tenía que llegar antes que ellas para que no la descubriesen.
-Déjeme acompañarla a su casa, madame, para que pueda ver donde se hospeda y poder ir a buscaros.
La Cenicienta se excusó y dijo que no hacía falta que la acompañase, pero el príncipe insistió, así que tuvo que despistarle para perderse de vista. Se escabulló entre el gentío al jardín de palacio, y se escondió en el palomar. El príncipe llamó a su padre para decirle que había encontrado a su posible esposa, y quería presentársela, pero cuando abrieron la puerta del palomar, no había ninguna mujer en su interior. Lo único que encontraron fuera de lugar fue una bandada de cuervos que volaron fuera del palomar cuando éstos abrieron la puerta.
Al regresar la madrastra y sus hijas, subieron al ático y vieron a Cenicienta dormida en el suelo, con su viejo vestido lleno de polvo.
A la mañana siguiente, no había otro tema de conversación en la hacienda que la misteriosa joven de negro que acompañó al príncipe durante toda la noche. La madrastra estaba asombrada, pues el príncipe ni se fijó en el resto de mujeres que querían bailar con él, y las gemelas estaban ofendidas y frustradas, ya que su alteza las había ignorado toda la noche, a pesar de sus exuberantes vestidos. Cenicienta escuchaba la conversación mientras servía el desayuno, riendo en su fuero interno, mientras su familia ignoraba que la misteriosa joven estaba delante de ellas.
Por la noche, la madrastra encerró de nuevo a Cenicienta, por si se le ocurría volver a pedir que las acompañase. Esta vez la chica de dejó encerrar, ni gritó ni pataleó, y cuando partieron al baile, de nuevo llamó a sus cuervos, de nuevo la sacaron de su encierro y de nuevo se puso su vestido y su máscara y fue al baile.
El príncipe la estuvo esperando, y cuando llegó la agarró de la mano y la sacó a bailar, sin separarse de ella en toda la noche. Si alguna otra muchacha se acercaba para pedir un baile al príncipe, él respondía: “Ella es mi pareja de baile”. Le preguntó a Cenicienta quién era, de donde venía, si era del reino o no, dónde vivía. La joven evadía las preguntas una y otra vez con varias excusas, y el príncipe solo pudo averiguar que era de su reino, y que vivía en una hacienda a las afueras de la ciudad.
Las horas pasaron veloces, y cuando Cenicienta vio que su familia volvía a marcharse sin haber conseguido acercarse al príncipe, se excusó ante él y le dijo que debía marcharse. Él suplicó que le dejase acompañarla a su casa, pero de nuevo Cenicienta le dio esquinazo, desapareciendo entre la gente. Se subió a un árbol del jardín para despistar al príncipe, y cuando éste llegó con su padre, en el árbol no había ni rastro de ella, pero de nuevo encontró varios cuervos posados entre sus ramas.
El príncipe estaba desesperado. Se había enamorado de aquella misteriosa dama de negro, pero ella insistía en no darle ningún dato sobre quién era.
La última noche del baile, el príncipe y la Cenicienta volvieron a bailar, y esta vez él le declaró su amor, pidiéndole su mano para que fuese su esposa. Ella estaba halagada y emocionada, y deseaba decirle que sí, que de buena gana aceptaba casarse, pero tan solo era una sirvienta, y le dio vergüenza decirle la verdad. Una vez más, se escapó del baile, pero en esta ocasión el príncipe había cubierto las escaleras que conducían al jardín con miel, de modo que Cenicienta se dejó un zapato pegado en ellas cuando escapaba. El príncipe lo recogió, fue a su padre y le dijo:
-La portadora de este zapato es con quien deseo casarme, padre.
Su padre decidió que, a partir de la mañana siguiente, irían a todas las casas del reino, y la chica a la que le entrase el zapato, sería quien se casaría con su hijo.
Cenicienta corrió hasta llegar a su casa. Se había entretenido más de la cuenta esta última noche, y al marcharse no vio por ningún lado a las gemelas ni a la madrastra, y deseó llegar a tiempo, antes de que la descubriesen.
Entró a la hacienda por la puerta de atrás, haciendo el menor ruido posible, pero su familia se le había adelantado. Las gemelas la vieron entrar, y rápidamente avisaron a su madre. Al descubrir que era ella la misteriosa joven de vestido negro que había conquistado al príncipe, las tres montaron el cólera. Se abalanzaron sobre la pobre Cenicienta, tirándola del pelo, rasgando su vestido, insultándola y humillándola. La madrastra la llevó a los sótanos y la propinó unos buenos latigazos, reprendiéndola por haberse colado en una fiesta de la nobleza, cuando su lugar estaba entre cocinas y sirvientes. Luego la subió otra vez al ático, amenazándola con dejarla allí encerrada para siempre, y dándole la llave a sus hijas para que la guardasen.
Al día siguiente, por la mañana temprano, un carruaje real se presentó en la entrada de la hacienda, y de él salió el príncipe acompañado de varios de sus lacayos, portando consigo el preciado zapato. La madrastra avisó a sus hijas, y les dijo que debían hacerle creer al príncipe que el zapato les pertenecía a alguna de ellas, y así se convertirían en parte de la realeza. Cogieron el otro zapato de Cenicienta, y una de ellas se lo probó. Por desgracia, tenía el dedo gordo del pie demasiado grande, y el zapato no le entraba bien.
-Ten –dijo la madrastra tendiéndole un cuchillo a su hija- ampútate el dedo con esto, de esta forma el zapato te irá bien.
Su hija se mostró reacia a hacerlo, y fue la propia madrastra quien le cortó el dedo del pie, le puso una gasa mojada y luego hizo que su hija se probase el zapato que traía el príncipe.
Cenicienta, que escuchaba y veía la escena desde el ático, llamó a los cuervos en busca de ayuda.
Una de las aves bajó del cielo y se posó sobre el pie de la hermanastra, y acto seguido, comenzó a picotear la punta del zapato, justo donde estaba la herida, y haciendo que la chica gritase de dolor.
El príncipe le quitó el zapato y descubrió lo que había pasado.
-No es ella la mujer a quien amo- declaró.
Le tocaba ahora a su gemela. La madrastra volvió a probar primero, y vio que el talón de su hija era demasiado grueso y no podía encajarlo en el zapato. Esta vez no se detuvo a preguntar, y antes de que su hija se resistiese, le rebanó el talón con el cuchillo y la sacó fuera para que se probase el zapato.
Otro cuervo aterrizó a sus pies y picoteó el tacón del zapato, haciendo que la hermanastra gritase al darle en la herida.
-Tampoco es ella la mujer a quien amo –sentenció el príncipe- ¿No queda ninguna mujer en la casa, madame?
La madrastra negó en rotundo. Si sus hijas no podían ser las esposas del príncipe, menos iba a serlo una de sus sirvientas. Cenicienta, desde el ático, gritó para que el príncipe la escuchase. en aquel momento, la bandada de cuervos se abalanzaron sobre las gemelas, las arañaron y picotearon los ojos hasta arrancárselos, y luego le quitaron la llave y la colaron por la rendija del ático. Cenicienta bajó, cogió el zapato que tenía su madrastra y se lo quitó.
-Yo soy la dama de negro que buscáis, alteza –y se puso ambos zapatos.
El príncipe estalló en alegría y gozo, abrazó a Cenicienta y la besó, proclamando que había encontrado al amor de su vida.
El príncipe y ella se casaron, vivieron felices y comieron perdices. Las hermanastras, picoteadas por los cuervos, quedaron ciegas y cojas por acción de su madre, la cual acabó privada de su título de varonesa y condenada a esclava en palacio, pues poco después de la boda, las gemelas la acusaron a ella de ser quien envenenó al padre de Cenicienta.
miércoles, 3 de febrero de 2010
La sirentia (mi versión)
A falta de algo que contar en esta entrada, voy a ir rescatando los cuentos que versioné en La Frontera ^^
Aquí va el de La Sirenita:
Érase una vez, en el más oscuro y profundo de los océanos, un reino mágico de coral y conchas. Érase una vez un rey, el Rey del Mar, un poderoso tritón de cuerpo fornido y escamoso, barba blanca y espesa, y cola de pez en vez de piernas. El rey vivía en su palacio de roca y coral, junto un harén de esposas y siete hijas hermosas. Su favorita, la más joven de ellas, era la pequeña Ariel.
De pelo cobrizo, ojos de agua marina y exultante belleza, Ariel poseía además una voz maravillosa, hipnotizante, que parecía hechizar a todo aquél que la escuchase. Cada vez que salía a su jardín submarino a cantar junto con el arpa, los peces nadaban en torno a ella, danzando al son de sus canciones; los delfines jugueteaban a su alrededor, maravillados por su voz; las flores submarinas de su jardín parecían abrirse aún más cuando ella cantaba, y los habitantes del reino de las sirenas salían de sus hogares para gozar de la presencia de su princesa.
Sin embargo, las canciones de la sirenita siempre albergaban notas tristes y melancólicas, pues guardaba en su interior una gran desdicha: deseaba con todas sus fuerzas ascender a la superficie, para ver la luz del sol, el cielo azul y el mundo con el que siempre había soñado. El mundo de los humanos.
En una ocasión, fue a pedirle a su padre permiso para que la dejase viajar junto a sus hermanas mayores, pero él se negó en rotundo, alegando que aún era muy pequeña e inexperta. A Ariel no le sentó bien aquel comentario, y enojada se fue a su cuarto.
-No te preocupes –le decían sus hermanas- papá no te deja porque aún eres joven y teme por tu seguridad, pero cuando cumplas los quince, podrás venir con nosotras.
-¡Yo no quiero esperar! –respondió Ariel, agitando la cola, inquieta- quiero subir a la superficie, respirar el aire fresco, ver el cielo azul y los atardeceres en la costa de los que tanto hablan en el reino. Quiero ver a las aves volando sobre el mar, las islas y continentes flotando en la costa, y los barcos humanos con sus voces y sus risas alegres.
Si papá no me deja ir, ¡entonces me escaparé!
Sus hermanas habían intentado disuadirla de aquella disparatada idea, contándole historias sobre sus salidas a la superficie. El viaje era duro y largo, tenía que dejar la seguridad de su palacio y enfrentarse al mar abierto, donde podían ser presa de los tiburones, las corrientes marinas que podían arrastrarla lejos de su rumbo, y las redes de pesca de los barcos humanos, donde podía caer atrapada. Y si salía triunfante de todos estos obstáculos, todavía le quedaría el riesgo de ser vista por los humanos.
De modo que, llena de valor y osando desobedecer las órdenes de su padre y los consejos de sus hermanas, un día se escapó del palacio, atravesó el reino submarino sin ser vista, y salió a mar abierto.
Se preguntaba qué dirección debía tomar exactamente –aunque estaba claro que debía ir hacia arriba- así que, ante la duda, decidió llamar con su canto a los peces del fondo submarino y preguntarles el camino. Los peces la dijeron que ellos no sabían sobre el mar abierto, que allí fuera podría haber tiburones, por lo que sus vidas peligraban, pero que podía seguir a las sardinas, pues ellas migraban siempre de un lado al otro del océano y conocerían el camino.
Dicho esto, la sirenita se unió a un banco de sardinas que atravesaba las aguas en ese momento, haciendo oídos sordos a los avisos de los peces, que le decían que salir sola, sin otras sirenas y sin haber cumplido la edad necesaria era sin duda muy peligroso.
Nadó junto al banco de sardinas un buen trecho, dejando atrás las oscuras aguas del fondo, y a medida que ascendía, la luz del sol se filtraba con más facilidad a su alrededor, tiñendo las aguas de un azul más claro, más cálido. Le preguntó a una de las sardinas que nadaba en cabeza si sabía dónde se encontraba el reino de los humanos, pero ésta respondió que las sardinas no se acercaban más a la superficie, pues más arriba podían caer presas de las redes de pesca de los humanos. Pero también la dijeron que podía seguir a los delfines, pues ellos eran mamíferos y necesitaban respirar con cierta regularidad el aire de la superficie, y sin duda habrían visto muchas veces a los humanos.
Ilusionada ante la idea, Ariel dejó a las sardinas y se sumó a un grupo de delfines que nadaban hacia la superficie. En poco tiempo, se encontraba en el límite del agua con el exterior, y sintió el pecho llenársele de alegría. “No ha sido un viaje tan largo, y mucho menos peligroso” se dijo a sí misma, recordando las historias que sus hermanas habían inventado para retenerla.
Llena de dicha, vio a los delfines ascender a la superficie de un salto para luego volver dentro del agua, y ella hizo lo mismo. Cogió impulso con ayuda de su cola y saltó con todas sus fuerzas. Pero cuando su cuerpo atravesó la línea del agua y se puso en contacto con el aire de fuera, la sirenita se llevó una sorpresa. Allí fuera no había cielo azul, ni pájaros, ni flores, ni islas. El cielo era gris y tronaba fuertemente, como si dos rocas enormes chocasen constantemente una contra otra; el viento frío y cortante le cortaba la cara, y a su alrededor solo veía agua, agua y más agua, igual que en el interior del océano, solo que vista desde arriba. Empezando a sentirse angustiada y decepcionada, Ariel preguntó a los delfines dónde estaba el reino de los humanos, y si quedaba muy lejos del lugar en el que se hallaban. Ellos respondieron que la costa más cercana estaba un poco más al este, pero que por allí solían pasar los barcos de pescadores y cargueros cuando volvían de su jornada al atardecer.
Al oír esto, una nueva chispa de esperanza brotó en el interior de Ariel. Tal vez no hubiese cielo azul, ni puesta de sol, ni flores, ni pájaros, pero vería humanos, aquellos seres tan extraños de los que había oído hablar en boca y branquias de todos en el reino submarino. Con las esperanzas renovadas, la joven sirenita dio unos cuantos coletazos, oteando el mar en busca de algún signo de vida, y efectivamente, en unos minutos empezó a verse una enorme silueta oscura en el horizonte. Era un armazón de madera y hierro descomunal, con altos y afilados mástiles, semejantes a las espinas de un pez león, de las cuales brotaban inmensas velas blancas, henchidas por el viento, que se alzaban en el aire con porte majestuoso e imponente. La proa de la nave cortaba las aguas cual cuchillo afilado, dejando tras de sí una hilera de espuma, como un rastro de sangre que deja el asesino tras matar a la víctima.
Ariel estaba emocionada. ¡Un barco! ¡Humanos!. Excitada con la idea de poder verlos de cerca, nadó hacia él, sin darse cuenta de que el cielo empezaba a oscurecer más y a tronar con más fuerza. Los delfines sí lo notaron, y sabedores de lo que se avecinaba, se sumergieron y nadaron en dirección opuesta.
Momentos después, la joven sirena estaba a escasos metros del barco, contemplando admirada su magnificencia, su elegancia deslizándose en la superficie marina. Se acercó todavía más, ansiosa de poder ver a los marineros, y llegó hasta el casco del barco. Agudizó el oído, pero desde ahí abajo no podía escuchar nada, de modo que se arriesgó a asomarse a la superficie. El cielo empezaba a tornarse negro, y allí arriba no se escuchaban risas ni música, sino voces graves e insistentes que gritaban órdenes, y pasos acelerados de un lado a otro de la cubierta. Desde su nueva posición, Ariel vio que en la proa, apoyado en uno de los mástiles del barco, había un atractivo joven que oteaba el horizonte, en busca del puerto. La sirenita se quedó hipnotizada ante el chico: era algo mayor que ella, de cabello negro e intensos ojos azules. Estaba hablando con el que debía de ser el capitán, a la vez que miraba a lo lejos y señalaba algún punto al este. La sirenita se quedó embobada mirándole, sintiendo su corazón oprimirse y un cosquilleo en el estómago. No se dio cuenta de que el temporal, que había amenazado durante todo ese tiempo, empezaba a desatarse.
De repente, un fuerte viento sacudió el barco, alertando a los marineros y sacando a la sirenita de su ensimismamiento. Acto seguido, un relámpago iluminó el cielo, seguido de un trueno que parecía desgarrar las nubes, las olas eran cada vez más grandes, y la lluvia había comenzado a caer. Antes de que pudiesen darse cuenta, la tormenta se había desatado.
Los marineros corrían de un lado a otro, arriando velas, recogiendo cuerdas y preparando remos. Ariel percibió el peligro de la tormenta y quiso marcharse, pero se dio cuenta demasiado tarde de que los delfines la habían dejado sola, y no sabía cómo regresar a casa.
La marea comenzó a enfurecerse, y las olas se estrellaban contra el barco, haciéndole balancear e inundando la cubierta. En el cielo comenzaron a verse rayos, que atravesaban la atmósfera amenazantes, y uno de ellos fue a caer en el mástil más grande del barco, partiéndolo en dos y prendiéndole fuego. Ariel escuchó los gritos de los humanos, entre los cuales ya empezaba a cundir el pánico. Buscó al apuesto joven, y vio que estaba junto a otros hombres, desatando los botes salvavidas. El fuego se expandía veloz, y no había suficientes botes para todos los tripulantes, de modo que algunos se arrojaron por la borda, desesperados por escapar de las llamas, que llegaron al camarote de la pólvora para los cañones, produciendo una gran explosión. El joven de los ojos azules logró saltar del barco segundos antes de la explosión, pero quedó inconsciente y flotando a la deriva, sujeto a un tablón de madera. Debido al humo y la confusión, sus camaradas no le vieron, pero Ariel fue a su rescate antes de que se ahogara.
Con el chico entre sus brazos y esquivando los restos incendiados del barco, nadó hacia el este, donde decían los delfines que se hallaba el hogar de los humanos, el mismo sitio al que señalaba el chico antes de la tormenta. Lo arrastró durante toda la noche, nadando a contra corriente en la feroz tormenta, y al amanecer, llegó por fin a la playa.
Dejó el cuerpo inmóvil del joven en la arena, y procedió a examinarlo. Respiraba bien, a pesar de que había tragado mucha agua de mar, y no parecía presentar heridas externas. Agotada, Ariel también se tumbó en la arena, y acariciando el semblante dormido de su rescatado, comenzó a cantar para él.
En ese momento se dio cuenta de que se había enamorado perdidamente.
Deseó que en aquellos instantes se detuviese el tiempo, para poder pasar un rato más a su lado, antes de que despertara. Él abrió los ojos, y sus miradas se encontraron en unos segundos que a la sirenita le parecieron los más hermosos que había vivido jamás.
Pero para su desgracia, oyó voces al otro lado de la playa, y tuvo que esconderse bajo el agua para evitar ser vista. Su amado, desconcertado, parpadeó varias veces, sin saber si la bella chica que había visto era real o fruto de su imaginación. Entonces, ante él, apareció otra chica, que le había visto desde el otro lado de la playa y había ido a socorrerle. Ariel contempló la escena desde el agua, triste por no ser ella quien estuviera ahí. Con el corazón llorando lágrimas de sangre, dio media vuelta y se sumergió en las profundidades del océano, de vuelta a su hogar. De todas formas, se dijo a sí misma, era un amor imposible. Él era un humano, y ella una sirena.
Si tan solo tuviese un par de piernas en vez de cola…Entonces, su subconsciente le dio la solución a su problema: La Bruja del Mar. Conocida por los siete mares, había sido desterrada del reino de las sirenas hace mucho tiempo por hacer uso de magia negra, y vivía en una cueva submarina en los Abismos. Ariel sabía que nadie debía contactar con ella, que era astuta y traicionera, pero no le quedaba otra alternativa, pues ella era la única que podía hacer realidad sus deseos.
-No me importa –dijo Ariel- ¡Acepto!
-Como quieras. El trato es el siguiente: si consigues que el joven humano te despose, seguirás siendo humana para siempre. Pero si no lo haces, tu cuerpo se desvanecerá y se convertirá en espuma de mar.
-Acepto.
Quiso disuadir a Eric, demostrarle todo lo que sentía, cuánto le amaba, pero él estaba claramente enamorado de la otra chica, y por mucho que lo intentase, nada podría hacer para impedirlo. En ese momento, su corazón se volvió frío como un témpano de hielo, y en sus ojos se dibujaron la ira y los celos mientras contemplaba al hombre que tanto la había hecho sufrir, y a la mujer que se lo había arrebatado.
Otra de sus hermanas alzó un puñal dorado en la mano y dijo:
-Mira, este es un puñal mágico que nos dio a cambio de nuestros cabellos. Mata con él al príncipe, bebe su sangre y espárcela por tus piernas. De ese modo, volverás a ser una sirena, recobrarás tu voz y tu cola, y podrás volver a tu hogar y olvidar tus penas.
Sus hermanas arrojaron el cuchillo a cubierta y suplicaron que hiciese caso.
-Por favor, Ariel ¡Vuelve con nosotras! ¡Vuelve a casa!
Y de nuevo se sumergieron en las oscuras aguas.
Ariel se agachó y recogió el cuchillo del suelo. Su corazón, malherido y cubierto de hielo, prendió entonces en llamas de odio, y la sed de la venganza llamó a su garganta. Con sigilo, entró en los aposentos de los recién casados, donde el príncipe Eric y su esposa dormían plácidamente. Por un momento, Ariel miró el rostro de Eric, acariciando su piel con la mano, tiernamente. Después se volvió a su esposa, la mujer que lo había estropeado todo, la que le había robado a su amado. Pensó en matarla a ella y dejarle vivir a él, pero si no acababa con la vida de Eric, ella se desvanecería entre las olas del mar, de modo que se dejó llevar por su venganza y su egoísmo, y mató a los dos.
Primero a ella, tapándole la boca para que no gritara y despertara a Eric. Le degolló el pescuezo y dejó que la sangre resbalase por la cama y manchase el suelo. Luego se dirigió al otro lado de la cama, donde descansaba Eric junto al cadáver de su amada, y le clavó el puñal dorado en el corazón. Hecho esto, bebió de su sangre, como le habían dicho sus hermanas, y la esparció sobre sus piernas. Sintió como el dolor remitía, y al suspirar de alivio, comprobó que había recuperado la voz.
Cuando se sumergió en las negras aguas del mar, sus piernas habían vuelto a transformarse en su antigua cola de sirena, y nadó junto a sus hermanas, de vuelta a su verdadero hogar. Mas ni alegría ni gloria la recibieron cuando llegó al palacio de conchas y coral, pues su padre, el Rey del Mar, que estaba al corriente de todo lo que había hecho, estalló en ira cuando Ariel regresó.
El rey había capturado personalmente a la Bruja del Mar, y como castigo por engatusar a sus hijas y por realizar sus oscuros hechizos, la amputó los brazos y la lengua para que no pudiese volver a hacer magia el resto de su vida, la cual sería muy, muy desgraciada. A las hermanas de Ariel, sus hijas, por haberse escapado del reino y visitar a la bruja, las convirtió en coral, de manera que quedasen ancladas a una roca y no pudieran volver a escapar. En cuanto a Ariel, al bañarse y beber de la sangre de un humano inocente, se había convertido en bruja, pues había realizado sin saberlo el ritual de iniciación, con un puñal mágico llamado en las antiguas culturas como “Atame”. Pensó en convertirla en espuma de mar, como era su destino al no conseguir el amor del príncipe, pero en lugar de ello decidió desterrarla de su reino, arrebatándole su belleza y su voz, para que no pudiese engatusar con su magia y sus caprichos egoístas a nadie más.
lunes, 1 de febrero de 2010
Maestros de Cultura
PATENTE DE CORSO, POR ARTURO PÉREZ-REVERTE
Corsés góticos y cascos de walkiria
No soy muy aficionado a la música, excepto cuando una canción –copla, tango, bolero, corrido, cierta clase de jazz– cuenta historias. Tampoco me enganchó nunca la música metal. Me refiero a la que llamamos heavy o jevi aunque no siempre lo sea, pues ésta, que fue origen de aquélla, es hoy un subestilo más. Siempre recelé de los decibelios a tope, las guitarras atronadoras y las voces que exigen esfuerzo para enterarse de qué van. Las bases rítmicas, el intríngulis de los bajos y las cuerdas metaleros, escapan a mi oído poco selectivo. Salvo algunas excepciones, tales composiciones y letras me parecieron siempre ruido marginal y ganas de dar por saco, con toda esa parafernalia porculizante de Satán, churris, motos y puta sociedad. Incluidas, cuando se metían en jardines ideológicos, demagogia de extrema izquierda y subnormalidad profunda de extrema derecha. Etcétera.
Sin embargo, una cosa diré en mi descargo. De toda la vida me cayeron mejor esos cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo que los triunfitos relamidos, clónicos y saltarines, tan rubios, morenos, rizados y relucientes ellos, tan chochidesnatadas ellas, con sus megapijerías, sus exclusivas de tomate y papel cuché, y toda esa chorrez envasada en plástico y al vacío. Al menos, concluí siempre, los metaleros tienen rabia y tienen huevos, y aunque a veces tengan la pinza suelta y hecha un carajal, éste suele ser de cosas, ideas, fe o cólera que les dan la brasa y los remueven, y no de cuántas plazas será el garaje de la casa que comprarán en Miami cuando triunfen y puedan decir vacuas gilipolleces en la tele como Ricky, como Paulina, como Enrique.
Pero de lo que quiero hablarles hoy es de música metal. Ocurre que en los últimos tiempos –a la vejez, viruelas– he descubierto, con sorpresa, cosas interesantes al respecto. Entre otras, que esa música se divide en innumerables parcelas donde hay de todo: absurda bazofia analfabeta y composiciones dignas de estudio y de respeto. Aunque parezca extraño y contradictorio, la palabra cultura no es ajena a una parte de ese mundo. Si uno acerca la oreja entre la maraña de voces confusas y guitarras atronadoras, a veces se tropieza con letras que abundan en referencias literarias, históricas, mitológicas y cinematográficas. Confieso que acabo de descubrir, asombrado, entre ese caos al que llamamos música metal, a grupos que han visto buen cine y leído buenos libros con pasión desaforada. Ha sido un ejercicio apasionante rastrear, entre estruendo de decibelios y voces a menudo desgarradas y confusas, historias que van de las Térmópilas a Sarajevo o Bagdad, incluyendo las Cruzadas, la conquista de América o Lepanto. Como es el caso, verbigracia, de Iron Maiden y su Alexander the Great. La mitología –Virgin Steele, por ejemplo, y su incursión en el mundo griego y precristiano– es otro punto fuerte metalero: Mesopotamia, Egipto, La Ilíada y La Odisea, el mundo romano o el ciclo artúrico. Ahí, los grupos escandinavos y anglosajones que cantan en inglés copan la vanguardia desde hace tiempo; pero es de justicia reconocer una sólida aportación española, con grupos que manejan eficazmente la fértil mitología de su tierra: Asturias, País Vasco, Cataluña o Galicia. Tampoco el cine es ajeno al asunto; las películas épicas, de terror o de ciencia ficción, La guerra de las galaxias, Blade Runner, Dune, las antiguas cintas de serie B, afloran por todas partes en las letras metaleras. Lo mismo ocurre con la literatura, desde El Señor de los Anillos hasta La Isla del Tesoro o El Cantar del Cid. Todo es posible, al cabo, en una música donde el Grupo Magma canta en el idioma oficial del planeta Kobaia –que sólo ellos entienden, los jodíos– mientras otros lo hacen en las lenguas de la Tierra Media. Donde Mago de Oz alude –La Cruz de Santiago– al capitán Alatriste y Avalanch a Don Pelayo. Donde los segovianos de Lujuria lo mismo ironizan sobre la hipocresía de la Iglesia católica en cuestiones sexuales que largan letras porno sobre Mozart y Salieri o relatan, épicos, la revuelta comunera de Castilla. Y es que no se trata sólo de estrambóticos macarras, de rapados marginales y suburbanos, de pavas que cantan ópera chunga con corsé gótico y casco de walkiria. Ahora sé –lamento no haberlo sabido antes– que la música metal es también un mundo rico y fascinante, camino inesperado por el que muchos jóvenes españoles se arriman hoy a la cultura que tanto imbécil oficial les niega. El grupo riojano Tierra Santa es un ejemplo obvio: su balada sobre el poema La Canción del Pirata consiguió lo que treinta años de reformas presuntamente educativas no han conseguido en este país de ministros basura. Que, en sus conciertos, miles de jóvenes reciten a voz en grito a Espronceda, sin saltarse una coma.
Por último, verificar las palabras de Reverte con la canción de Tierra Santa
http://www.youtube.com/watch?v=4XlW4MotdNI
PD: Haré un viaje a algún Extraño Mundo, a ver si son capaces de explicarme cómo colgar vídeos en el blog, en vez de el link -_-U